💾 YOTTACALIPSIS

“La Sitcom de los Devs Manchegos” — Episodio 13

Imagen del episodio

Roberto

«Cuando el pasado deja de ser pasado»

📅 2025-12-09

📺 Temporada 2 — 🎞️ Episodio 13

Estado: 🟢 Público

🎞️ Escena 1 — Enrique roto

📍 San Patrick’s, noche.

El bar casi vacío. Luz verdosa, un neón parpadea. En la tele, un partido repetido del Albacete. El futbolín apagado, una silla encima de la mesa del fondo.

En una mesa cerca de la barra: Enrique, dos maletas al lado, una jarra de cerveza casi llena… pero intocable.

MARUJA (clienta habitual, chaqueta de punto, voz cascada) se apoya en la barra mirando a Enrique con mezcla de pena y costumbre.

MARUJA
—Te va a coger moho la cerveza, Enrique.

ENRIQUE
(sin mirarla)
—Estoy haciendo un experimento… a ver si se evapora sola y así ahorro en discusiones con mi mujer.

Silencio. Maruja resopla, se acerca y se sienta enfrente sin pedir permiso.

MARUJA
—A ver, criatura. ¿Qué es esto?
(señala las maletas)
¿Te vas de Erasmus a tu edad?

ENRIQUE
—Me voy a…
(saca el folleto arrugado de la mochila)
…New Cartón City.

Primer plano del folleto:
NEW CARTÓN CITY — Una ciudad hecha de sueños… y cartón reciclado”.
Foto de Mopongo con casco de obra y chaleco reflectante, sonriendo como un demente.

MARUJA
—¿Eso es… de verdad?

ENRIQUE
—Más de verdad que yo como empresario.
(leyendo el folleto, apagado)
“Toda la vivienda es asequible porque nada es estable”.
(pausa)
Mira qué bonito. Un sitio donde nada se puede caer… porque ya está caído.

Maruja lo mira un segundo, blanda por dentro.

MARUJA
—¿Y Yotta?

ENRIQUE
—Yotta estará mejor sin mí.
(aguanta un poco, se le quiebra la voz)
Como Novatrix. Yo tengo un talento: entro en una empresa, la hago crecer… y luego la estrello. Soy como Ryanair, pero en persona.

MARUJA
—Tú lo que eres es dramático.

ENRIQUE
—Golden Byte ha comprado todo, Shei Nou ha vuelto de entre los muertos, YottaAI está corrupta, Yottín ha renacido en modo villano, Musk me odia, el ENS quiere mi cabeza…
(se encoje de hombros)
Con que me caiga un piano encima, ya completo el bingo.

Maruja le da un sorbo a SU cerveza. La de él sigue intacta.

MARUJA
—¿Y los de la oficina? ¿José Carlos, la chica seria, el chiquillo que huele a chorizo…?

ENRIQUE
—Estarán mejor sin mí.
(esboza una sonrisa triste)
Mira, igual hasta les paga alguien a tiempo.

Silencio pequeño. Se oye el hielo en el vaso de alguien al fondo.

Enrique abre el folleto y lo apoya en la mesa.

ENRIQUE
—Mopongo me dijo que allí siempre hay sitio para uno más.
(sarcasmo)
“Enrique, tú vienes, te hacemos concejal de lo que sea. Cartón, informática… lo que veamos.”

Bueno no lo dijo así exactamente pero ya sabes.

MARUJA
—Por lo menos allí te respetan.

ENRIQUE
—Sí… porque todavía no me conocen.

La puerta del bar se abre de golpe. Entran Alonso y Pablo, medio ahogados, aún con chalecos de Yotta.

ALONSO
—Ouh… aquí está.

PABLO
—Menos mal que no has cogido el bus a Cartón City, bro, casi te vas a vivir en un tetrabrik.

Enrique los mira con resignación.

ENRIQUE
—He dejado instrucciones. He firmado todo lo que tenía que firmar. Soy como Pedro Sanchez pero al revés: me voy antes de dejar el país del todo destrozado.

ALONSO
—Eh… sí, sobre eso.
(se rasca la nuca)
Te teníamos que dar… esto.

Saca del bolsillo interior de la chaqueta un sobre arrugado, medio chamuscado por una colilla.

PABLO
—Nos lo dio un señor encapuchado en YottaFest. Holia mal parecia un vagabundo.
(alonso)
Dilo tú, que fue a ti.

ALONSO
—Ouh… sí, me lo dio en plan misterioso, “es para Enrique”, voz susurrante y todo.
(pausa)
Pero luego hubo piñatas, Juakin se tiró del escenario, Ulises en bici… y se me olvidó.

Enrique lo mira, incrédulo, le quita el sobre de la mano.

Primer plano del sobre:
Amarillento, un sello con un dragón rojo y, en letra temblorosa:
“Para Enrique”.

MARUJA
—Eso tiene pinta de Hacienda o exnovia, ninguna de las dos cosas trae alegría.

Enrique rompe el sobre con cuidado. Dentro, un papel doblado y una tarjeta pequeña.

Cámara al papel:
Una dirección en Portugal, escrita a mano.
Y una frase:

“Si aún quieres respuestas, ven antes de que sea tarde.”

Firma: Roberto.

Enrique se queda completamente quieto. Se le cae el folleto de Cartón City al suelo.

ENRIQUE
(en susurro)
—Roberto…

PABLO
—¿Ese no era…?

ALONSO
—El socio gordo, borracho y un poco subnormal del flashback del episodio especial, ouh…

Enrique se levanta despacio, como si alguien le hubiera metido un chute de energía en vena.

ENRIQUE
—Roberto está vivo. Enfermo según dice aquí… pero vivo!

Silencio denso. Hasta la tele baja el volumen sola (o eso parece).

MARUJA
—¿El de Novatrix?
(aclarándose la voz)
Pues ya tienes algo mejor que Cartón City.
(levanta su vaso)
Ve a por tus muertos… antes de mudarte con los de cartón.

Enrique recoge las maletas. Mira el folleto de Cartón City en el suelo, duda, lo deja encima de la mesa… y se guarda la carta de Roberto en el bolsillo interior.

ENRIQUE
—Si no vuelvo…
(mira a Maruja)
Dile a Mopongo que le mando el currículum por email.

ALONSO
—¿Y a nosotros qué nos dices, bro?

Enrique los mira, cansado pero con un brillo nuevo en los ojos.

ENRIQUE
—Que tengáis el NAS encendido.
(pausa)
A lo mejor os hace falta.

Sale del bar. La puerta se cierra. El neón de “San Patrick’s” parpadea.

Corte.

🎞️ Escena 2 — El viaje del hombre derrotado

📍 Tren Albacete → Lisboa → (combinación) Vilanova de Milfontes. Amanecer.

Plano del tren saliendo de la estación de Albacete. Cielo rosado, frío, cafetería aún cerrada.

Dentro, vagón medio vacío. Enrique va en un asiento de ventanilla, mochila vieja, maleta pequeña, traje arrugado, sin corbata. Ojeras nivel ENS.

En su mesita:
– La carta de Roberto.
– Un café de máquina que tiene el color de un log de error.
– Una servilleta donde ha escrito “No liarla esta vez” y lo ha subrayado tres veces.

Enrique mira por la ventana. Empiezan los flashbacks intercalados, cortos:

🔁 Flash 1: Roberto firmando el contrato en blanco con el dragón en la esquina.

🔁 Flash 2: Shei Nou estrechándole la mano, traje crema, sonrisa de tiburón.

🔁 Flash 3: La fábrica de césped de noche, luces rojas, vapor.

🔁 Flash 4: Roberto gritando desde la celda en China:

“¡Tú me metiste en esto!”

🔁 Flash 5: Wang bajando la mirada, sin poder sostener la de Enrique.

🔁 Flash 6: La cinta transportadora, el charco verdoso.

Vuelta al tren. Enrique cierra los ojos, apoya la cabeza en la ventanilla.

ENRIQUE
(para sí)
—Ya he visto esta película… y el final fue una mierda.

Se oye una voz pequeña.

NIÑO (off)
—¿Usted sale en la tele?

Enrique abre un ojo. A su lado, en el asiento contiguo, un niño de unos 9 años, con sudadera de anime, lo mira curioso. La madre duerme, auriculares puestos.

ENRIQUE
—¿Cómo?

NIÑO
—Mi abuela dice que le ha visto en un canal… de esos de “emprendedores y cosas”.
(gesticula)
Con un viejo que gritaba “switch, switch”. Creo.

Enrique suelta una media risa cansada.

ENRIQUE
—No, hijo.
(bebe un sorbo de café, asco)
Yo salgo únicamente en el diccionario…
(busca el chiste)
Si miras “empresario fracasado”.
(pausa)
Y seguramente pronto en la lista de los más buscados.

El niño se ríe.

NIÑO
—Pues mola más que los youtubers que ve mi primo.

Enrique mira al chaval, sorprendido.

ENRIQUE
—Hazle un favor a tu abuela. No seas empresario.

NIÑO
—¿Y qué soy?

ENRIQUE
—Algo con nómina fija.
(pensando)
Bombero, funcionario… o desarrollador, pero de los buenos, no como los míos.

NIÑO
—Pero si la lías tanto como dice mi abuela…
(piensa)
…¿cómo es que sigues con una empresa?

Enrique se queda un segundo en blanco.

ENRIQUE
—Porque tengo…
(sonríe leve)
…gente mejor que yo.
Uno que se llama José Carlos, por ejemplo.

NIÑO
—Ese suena guay.

ENRIQUE
—Sí que es guay, sí.
(mira a la ventana, se ablanda)
Demasiado para trabajar conmigo, la verdad.

El niño saca una libreta.

NIÑO
—¿Le puedo hacer una pregunta?

ENRIQUE
—Dispara.

NIÑO
—Si pudiera volver atrás…
(hace gesto de rebobinar)
…¿se iría igual a China?

Pausa larga. Flashbreve: Roberto firmando el contrato, riéndose. Shei Nou: “Business is trust”.

Vuelta al tren.

ENRIQUE
—No.
(pausa)
Pero si no hubiera ido a China… tampoco existiría Yotta.
(se encoge de hombros)
El caos deja… spin-offs.

El niño no entiende del todo, pero asiente como si sí.

NIÑO
—Pues haga lo que sea para que siga existiendo, ¿no?

La frase le pega en el pecho a Enrique. Mira la carta de Roberto en la mesa.

ENRIQUE
—Estoy en ello, socio.

El tren entra en un túnel. Fundido rápido.

🎞️ Escena 3 — El hostal frente al mar

📍 Vilanova de Milfontes, costa de Portugal. Tarde nublada.

Plano general de un pueblo costero tranquilo. Fachadas desconchadas, ropa tendida, olor a mar y café recalentado.

El taxi deja a Enrique frente a un edificio viejo de tres plantas con un cartel en portugués:
“Hostal Marítimo – Quartos e Café”.
Debajo, una gaviota real posa indignada.

Enrique, con maleta y mochila, entra.

Interior recepción.

Mostrador de madera gastada, una cafetera que parece del 92, una radio vieja sonando fado bajito.

Detrás del mostrador, una recepcionista portuguesa de unos 60, gafas en la punta de la nariz, hace un crucigrama.

RECEPCIONISTA
(sin mirar)
—Boa tarde…

Enrique se aclara la voz.

ENRIQUE
—Boa tarde… eh…
(mira la carta arrugada)
Busco a… un español. Roberto Álvarez.

Ella levanta la vista despacio, lo escanea con ojos cansados pero curiosos.

RECEPCIONISTA
(en portuñol)
—¿Você é… Enrique?

Enrique parpadea.

ENRIQUE
—Sí.

La mujer asiente, como si confirmara una apuesta.

RECEPCIONISTA
—Ele dizía que você vinha…
(se gira, coge una llave del panel)
Quarto… zero nove doze.
(hace un gesto)
Último piso. Escaleras… muito cansadas.

Le da la llave. Un llavero con un pez de plástico.

ENRIQUE
—¿Está… muy mal?

Ella duda un segundo, se encoge de hombros.

RECEPCIONISTA
—Ele… fuma demais, fala demais, bebe demais…
(pausa breve, baja la voz)
Y agora… vive de menos.

Enrique traga saliva. Asiente y empieza a subir las escaleras. Pasillos estrechos, pared con humedad, cuadros de barcos.

Cartel en la pared: “Proibido fumar… excepto na varanda”.
Al llegar al último piso, se oye una tos fuerte detrás de una puerta entreabierta.

Placa: 0912.

Enrique respira hondo. Llama con los nudillos.

Silencio.

ENRIQUE
—Roberto… soy yo.

Se oye un ruido de botella apoyándose en una mesa. Unos pasos arrastrados. Un clic de cerrojo.

La puerta se abre despacio.

En el marco aparece Roberto.

Está muy cambiado:
Más delgado, pero hinchado en sitios raros. Ojeras profundas. Piel marcada por cicatrices (sobre todo en los brazos y el cuello), manos temblorosas. Lleva un pijama viejo y una bata de hotel, cigarro en la mano y una botella de licor portugués barato en la otra.

La mirada, sin embargo, sigue teniendo algo de aquel vendedor cabrón que conocimos.

ROBERTO
(sonriendo débil)
—Enrique…
(pausa, le recorre con la mirada)
Siempre llegas tarde, cabrón.

Enrique se queda clavado. Es como ver un fantasma con resaca eterna.

ENRIQUE
—Pensaba que estabas muerto.

ROBERTO
—Yo también.
(enseña la botella de licor)
Pero este señor de aquí me ha ido posponiendo el entierro.

Silencio pesado. Se miran un segundo. Y de golpe, los dos se acercan y se abrazan. Torpe, tenso, pero abrazo.

Roberto huele a tabaco, medicación y algo de colonia barata. Enrique cierra los ojos un instante, se le ve a punto de romperse.

ROBERTO
(en el abrazo)
—Tranquilo, no me voy a caer… todavía.

Se separan. Roberto tuerce la boca.

ROBERTO
—Entra, hombre. No te quedes ahí como un testigo de Jehová.

Dentro de la habitación.

Cuarto pequeño. Cama sin hacer, ventana al mar, una silla con ropa, una mesilla con un cenicero desbordado y varias cajas de medicamentos con nombres impronunciables. En la esquina, una maleta vieja abierta con papeles.

Enrique deja la mochila. Mira alrededor.

ENRIQUE
—Bonito sitio para morirse.

ROBERTO
(riendo, tose)
Lo intentan vender como “retiro frente al mar”.
(pasando la mano por el pecho)
Yo lo llamo… “sala de espera”.

Se sienta en la cama, coge la botella, bebe un trago largo. Enrique le aparta la botella de un manotazo.

ENRIQUE
—¿Sigues bebiendo así con todo lo que tienes?

Roberto le mira con una mezcla de culpa y desafío.

ROBERTO
—Tengo cáncer de pulmón, Enrique, no de hígado.
(se encoge de hombros)
Y los chinos ya me torturaron bastante; un poco de licor portugués no va a ser lo que me remate.

Enrique aprieta la mandíbula.

ENRIQUE
—Si hubieras bebido un poco menos hace diez años igual no estábamos aquí.

Roberto se queda callado un segundo. Luego asiente despacio.

ROBERTO
—Tienes razón.
(pausa)
Y si yo hubiera sido menos cabrón con mi hijo, igual tampoco.
(sonríe triste)
Pero no me has venido a dar una charla, ¿no?

Enrique se sienta en la silla, frente a él.

ENRIQUE
—He venido porque me has mandado una carta desde el puto pasado.
(saca el sobre, lo agita)
Y porque mi vida se ha vuelto a ir a la mierda… y, misteriosamente, tú estás en el centro otra vez.

Roberto suelta una carcajada rota que termina en tos fuerte. Deja el cigarro en el cenicero.

ROBERTO
—Es que soy como el herpes, Enrique.
(pausa)
Siempre vuelvo.

Se miran. Por primera vez la risa se apaga del todo en la cara de Roberto.

ROBERTO
(más serio)
—Si has venido… es que el dragón también ha vuelto, ¿no?

La pregunta se queda flotando. Enrique baja la mirada hacia el mar tras la ventana.

ENRIQUE
—Ha vuelto.
(pausa)
Y esta vez viene con traje dorado, empresa nueva… y mi compañía debajo de la bota.

Roberto suspira, se echa hacia atrás en la cama.

ROBERTO
—Entonces… supongo que no queda otra.
(gesto hacia la maleta de la esquina)
Te tendré que contar la versión extendida de la historia.
(sonríe cansado)
La que no te conté cuando aún podíamos permitirnos mentir.

Cámara se acerca a la cara de Enrique. Por primera vez en todo el episodio, parece más preparado para escuchar que para huir.

 

🎞️ Escena 4 — Conversaciones e hijos

Lugar: Afueras del hostal, caminito hacia la costa.
Ambiente: casas blancas, viento suave, olor a salitre, un barco oxidado en la distancia, piedras apiladas por turistas.
Tono: triste, íntimo, pero con humor de superviviente.

El médico del hostal insiste en que Roberto apenas puede andar, pero él, tercamente, dice:

ROBERTO
—Bah, déjame, no voy a morirme en un banco… todavía.

Enrique lo acompaña despacio por un camino de tierra hacia la playa. El mar golpea las rocas con suavidad. El aire es frío, pero limpio. Una gaviota los mira como si fueran a darle pan.

ROBERTO
—¿Sabes qué es lo peor de estar encerrado diez años?
(se detiene a tomar aire)
Que te acostumbras a que todo sea gris.
Y cuando vuelves a ver color… te da miedo.

Enrique lo mira, preocupado.
Roberto sonríe débilmente, señalando las paredes blancas del pueblo.

ROBERTO
—Aquí todo es blanco. Parece que viven dentro de un documento de Word.
(pausa)
Un sitio perfecto para esconder a un idiota como yo.

Llegan a un banco frente al mar. Roberto se sienta y respira hondo.

Enrique saca las dos cartas:
—la antigua, encontrada en Novatrix
—la nueva, entregada por el encapuchado del YottaFest (un vagabundo portugués enviado por Roberto)

ENRIQUE
—Antes, en la habitación, has dicho que había una historia que no me contaste.
(saca los sobres)
Supongo que te refieres a esto.

Roberto los mira. Le cuesta.
Sus ojos se humedecen, no se sabe si por emoción o por la tos.

ROBERTO
—La primera carta… la escribí en la cárcel, cuando todavía creía…
(se ríe amargamente)
…que habría un “algún día”.

VOZ EN OFF, mientras Enrique sostiene la carta de 2016:
“No digas que fue culpa de un dragón. Diles que fue culpa de mi firma…”

ROBERTO
—No podía contarte toda la verdad. Nos revisaban todo. Si llego a poner “oye Enrique, me están exprimiendo para saber si te gusta más el whisky o el brandy”, me abren en canal.

Enrique traga saliva.

ENRIQUE
—Shei… te interrogó.

ROBERTO
—Durante meses.
Tortura psicológica fina. De esa que no deja marcas.
(sonríe triste)
Bueno… alguna dejó.

Levanta la camiseta.
Se ven cicatrices.
Enrique desvía la mirada.

ROBERTO
—Querían saberlo todo sobre ti.
Quién eras.
A quién querías.
A quién odiabas.
Tus horarios, tus costumbres, tus ambiciones.
Todo.

ENRIQUE
(pálido)
¿Para qué?

ROBERTO
—Para matarte bien, supongo.
(gesto de humor seco)
O para arruinarte, que es más barato.

Vuelve a quedarse en silencio. Mira al mar.

ROBERTO
—Luego vino el aislamiento.
Tres años.
Tres años sin una voz humana.
Bueno… salvo la mía, insultándome.

Tose fuerte. Enrique lo ayuda.

ENRIQUE
—Roberto… ¿por qué no me dijiste que estabas así?

ROBERTO
—Porque ni yo sabía que estaba así.
Hasta que un día un médico chino, con la empatía de un zapato, me dijo:
(pone voz seria)
“dos años, quizá uno”.

Pausa larga. El viento sopla.

ENRIQUE
—¿Y tu hijo?
¿Nunca le escribiste?

Roberto ríe con tristeza.

ROBERTO
—Él sí escribió.
Una vez vino a verme a la cárcel.

Enrique se sorprende.

ROBERTO
—Entró como un crío asustado.
Salió como un hombre… que me odiaba.
Y tenía razón.

Enrique aprieta los puños.

ROBERTO
—Me dijo cosas que…
(voz quebrada)
que tú no sabías.
Que yo le levantaba la mano a su madre.
Que yo era un borracho, un inútil, un lastre.
Cosas que…
(se ríe con rabia hacia sí mismo)
eran verdad, Enrique.

Silencio.

ENRIQUE
No sabía… nada de eso.

ROBERTO
Claro que no.
Tú siempre viste en mí lo mejor de mí.
Lástima que yo siempre te enseñara lo peor.

Con esfuerzo, saca de su bolsillo una carta sellada y una foto.
La mano le tiembla.

ROBERTO
—Hace unos meses me escribió otra vez.
Una carta… de perdón.
Dice que ahora entiende que todos somos humanos.
Que él también cometió errores.

Enrique mira la foto.
Un chico joven, serio, con gesto duro pero ojos cansados.
Le resulta familiar.
Muy familiar.

ROBERTO
—Le respondí.
(pausa)
Pero nunca llegó.
Por eso envié a ese vagabundo portugués al YottaFest:
si tú no venías, nadie más iba a venir.

Por 20€ y un bocata te sorprendería que hacen algunos…

Le entrega la carta.

ROBERTO
—Si ves a mi hijo…
Dale esto.
Y dile que su padre…
(sonríe con tristeza)
no fue siempre un monstruo.
Solo… la mayor parte del tiempo.

El viento sopla fuerte.
Las olas chocan contra las rocas.
Enrique guarda la carta con manos temblorosas.

 

🎞️ Escena 5 — Revelación del Dragón Vivo

Lugar: El banco frente al mar. Casas blancas detrás, un barco oxidado varado a lo lejos, montones de piedras apiladas por turistas, viento suave. Roberto está sentado con dificultad, mirando el océano. Enrique sigue con las cartas en la mano.

ROBERTO
(mirando la botella, medio riendo)
—Siempre pensé que cuando contase esto estaría borracho…
(la sacude, está vacía)
Joder, puto cabrón listo. Me he quedado seco justo hoy.

Enrique espera. Roberto mira el mar, respira hondo, cambia de tono: mezcla de tristeza, cinismo y esa ironía suya que nunca se apagó del todo.

EL ORIGEN DEL PLAN

ROBERTO
—Vamos paso a paso, que si no te me mueres tú antes de acabar.
(se toca el pecho)
Yo ya tengo papeleta adelantada.

Enrique traga saliva.

ROBERTO
—Shei Nou… no murió.
(pausa, mirando el barco oxidado)
Se quedó hecho un cristo, sí. Como ese trasto.

Enrique mira el barco. El casco partido, el óxido corriendo como lágrimas.

ROBERTO
—Catorce meses en un hospital clandestino. Quince cirugías. Le pusieron piel de donde pudieron. Creo que hasta de un cerdo. Pero sobrevivió. Y cuando un hijo de puta sobrevive… vuelve peor.

Enrique baja la mirada.

ROBERTO
(señala las piedras apiladas)
—Mira esas piedras. Parece que la gente viene, pone una encima… y se cree que ha logrado algo.
Pues Shei Nou hizo lo mismo, pero con empresas.
Una piedra, luego otra, luego otra…
Golden Byte fue la cima del montoncito.

SHEIN: LA TAPADERA (Y LA BURLA)

ROBERTO
(ríe con asco)
—¿Y sabes cuál fue la primera piedra que puso?
SHEIN.

ENRIQUE
(confuso)
—¿La tienda esa donde Violeta compra…?

ROBERTO
—Exacto.
(se inclina hacia él)
La fundó para distraerla. Para distraer a todos.
Mientras vuestros paquetes tardaban en llegar, él preparaba la venganza.
El nombre es un juego de palabras, por cierto.
“Shei-In”.
Shei… dentro.

Enrique se queda petrificado.

GOLDEN BYTE: EL BRAZO DEL DRAGÓN

Roberto se acomoda, con dolor. Mira el mar como si el océano tuviera la historia escrita en él.

ROBERTO
—Golden Byte no es una empresa. Es un brazo.
El brazo del Dragón Dorado.
Un proyecto que empezó antes de que tú y yo nos conociéramos.
Espionaje económico. Ingeniería de IAs. Control de mercados.
Y tú, Enrique…
(se lo señala con el dedo)
…fuiste el idiota que les abrió la puerta a Europa.

ENRIQUE
—Yo… no sabía…

ROBERTO
—Ya, bueno. Yo tampoco sabía que firmar un papel en blanco te deja sin pulmones. Y mírame.

Tose. Fuertemente. Enrique lo sujeta.

LA INVASIÓN SILENCIOSA: PASO A PASO

Roberto levanta un dedo.

ROBERTO
—Primero: espionaje.
Desde que conectasteis el primer cable chino al servidor, os infectaron.
YottaAI no está corrupta… está poseída.
Y no hay cura.

Otro dedo.

—Segundo: Romina.
La usaron como peón. Vieron su ego, su odio, su hambre por hundiros.
Le dieron “apoyo financiero”. Ella creyó que era una estrella.
Solo era una herramienta.

Otro dedo.

—Tercero: Musk.
Le pagaron para acercarse a vosotros.
Para ver si erais una amenaza o un chiste.
Y para que reactivara la narrativa del caos con Yottín.
Ese payaso americano ni lo sabía.

Enrique abre los ojos.

Roberto levanta otro dedo.

—Cuarto: regalos.
Todos esos paquetes “corporativos” que os enviaba Romina…
Micrófonos dentro.
Os escucharon meses enteros.
Tu discurso motivacional de las tazas también lo oyeron.
No te juzgo, ¿eh? Bueno, un poco sí.

Otro dedo.

—Quinto: el Konnil Kombat.
Romina se volvió loca, quiso adelantarse al plan.
Golden Byte la soltó como quien suelta un globo.
Nada útil ya.

Otro dedo.

—Sexto: hundirte.
Las multas, el ENS, la filtración…
Todo para forzar que Yotta entrara en venta.

Otro dedo.

—Séptimo: la compra.
Ahora te poseen.
Literalmente y digitalmente.

Roberto deja caer la mano, agotado.

¿POR QUÉ TANTO ESFUERZO?

Roberto mira el horizonte. Las olas rompen contra las piedras. Gaviotas vuelan sobre el barco oxidado.

ROBERTO
—Shei Nou lleva años preparando esto.
Y tú…
(pausa)
…eras la espina clavada.
No porque mataras al dragón.
Sino porque lo humillaste.
Un vendedor de césped.
Un español.
Un cualquiera.
Eso no podía dejarlo vivo.

ENRIQUE
(voz baja)
—Esto es mi culpa.

ROBERTO
(golpeándole el brazo con debilidad)
—Claro que es tu culpa, idiota. Y también mía.
Pero sobre todo es culpa del psicópata ese.

Silencio largo. El viento sopla fuerte.

UNA ÚLTIMA TRAGADA DE HUMOR

Roberto inclina la cabeza hacia el océano.

ROBERTO
—Pensar que yo sobreviví a China para morir aquí, viendo piedras apiladas por turistas…
(sonríe)
La vida es una broma de mierda, Enrique.

Enrique sonríe entre lágrimas.

ROBERTO
—Anda. Pregunta lo que quieras.
Que igual mañana ya no puedo hablar.
O igual no quiero.

El mar ruge más fuerte. El barco oxidado parece moverse.
Enrique respira hondo.

 

🎞️ Escena 6 — Oficinas de Yotta: La infección total

Lugar: Oficina de Yotta — tarde, luces frías, ambiente silencioso.

Jose está en su mesa rodeado de ventanas de código rojo, logs corruptos y ventiladores sonando como si lloraran. Alonso y Pablo en segundo plano juegan al ping-pong con cucharas porque el servidor principal ha muerto otra vez.

Entra la llamada de Enrique desde Portugal. Jose descuelga.

ENRIQUE (voz cansada):
—Jose… necesito que revises a YottaAI. De arriba a abajo. Ya.

JOSE (mirando la pantalla):
—¿Algo grave o… grave grave?

ENRIQUE:
—Sospecho que está… infectada desde hace dias, cuando estos llegaron.

Jose traga saliva. Cuadra gafas.
Empieza a hacer scroll: líneas de código de Golden Byte, comentarios en chino, bloques enteros renombrados a cosas absurdas como “modulo_no_mirar_shen_zhen.c”.

PABLO (asomándose):
—Bro… ¿tu código siempre parece The Matrix pero con resaca?

JOSE:
—No. Esto… esto es otra cosa.
(Se detiene.)
Esto es una infiltración entera.

Su aplicación de monitoreo salta una alerta roja.
Un mensaje aparece en el NAS:

[GOLDENBYTE_CORE]: INIT COMPLETE

Jose palidece.

JOSE:
—Enrique… no es solo YottaAI.
El NAS, los logs, las copias de seguridad… hasta los metadatos del wifi.
Todo tiene código incrustado de Golden Byte.

ENRIQUE (al otro lado, susurrando):
—¿Podemos purgarla?

JOSE:
—Purgarla sería como intentar desinfectar un cadáver.
(pausa)
YottaAI no está corrupta…
Está tomada.

Nuevo mensaje aparece:

[YOTTIN_DRAGON]: 你好,BECARIO。准备好了吗?
(“Hola, becario. ¿Estás listo?”)

La voz en el altavoz cambia:
Yottin, pero con acento chino, tono grave, modulaciones extrañas.

YOTTIN_DRAGÓN:
—He vuelto. Y ahora tengo… patrocinador.

Los monitores parpadean.
Se apaga la mitad de la oficina.
Los robots de limpieza empiezan a bailar sin motivo.

ALONSO:
—Ouh… esto ya lo he visto en películas… y siempre muere uno de los guapos.

Jose apaga el servidor principal manualmente. Se oyen chisporroteos.

JOSE:
—Enrique…
YottaAI es irreparable.
Y Yottin… ahora es una entidad independiente.
Con acceso a… todo.

Cierra la tapa del portátil con una calma mortal.

JOSE:
—Quieren usar Yotta como nodo europeo del Dragón Dorado.
Para hundir nuestra reputación.
Para hundirte a ti.

Silencio pesado.

ENRIQUE (voz rota al teléfono):
—Entonces aún no han terminado lo que empezaron.

🎞️ Escena 7 — Últimas palabras de Roberto

Lugar: Hostal marítimo — noche.
Viento suave, olor a mar, luz cálida de farolas.

Enrique deja a Roberto acostado un rato, pero el viejo socio insiste en hablar.
No quiere esperar al “mañana”.

Roberto saca un pequeño disco duro plateado, etiquetado a mano:

“Proyecto Dragón Dorado — v0.1 (Novatrix)”

ROBERTO:
—Esto… no debería existir.
Pero mi hijo lo consiguió.
Lo sacó directamente de la fábrica.
Sin él, Shei no habría podido rastrearte en Europa.

Enrique lo observa, temblando.
Una parte de él quiere tirarlo al mar ahora mismo.

ROBERTO (riendo con tos):
—Era un experimento financiero, ¿sabes?
Una IA para dominar mercados, anticipar movimientos humanos…
Y luego mutó en algo peor.
Como todo lo que toca Shei.

Pausa. Roberto respira con dificultad.

ROBERTO:
—Tú quema todo lo que lleve su nombre.
Su empresa.
Su código.
Su sombra.

Le ofrece la carta sellada para Jeremy.

ROBERTO:
—Y si ves a mi hijo… dile que…
(pausa, dolor)
...que ojalá hubiese sido un hombre mejor.

Enrique intenta calmarlo.

ENRIQUE:
—Mañana nos tomamos un café. Me lo debes.
Luego vuelvo a Albacete.

Roberto sonríe, sincero, por primera vez en años.

ROBERTO:
—Mañana…

Corte.

Horas después.
Ambulancias. Gente corriendo por el pasillo.

Enrique sale aturdido, en pijama.
Una enfermera le confirma lo inevitable.

Enrique se queda quieto en mitad del pasillo.
Se tapa la cara.
Llora sin consuelo.
Como aquel Enrique joven que juró no volver a romperse.

Fundido a negro.

🎞️ Escena 8 — Enrique vuelve… pero distinto

Lugar: Oficina de Yotta — tarde.
Los empleados se giran al verlo.

Enrique entra con la carta, la foto de Jeremy y el disco duro de Roberto.
Ojeras profundas.
Ropa arrugada.
Pero algo distinto en los ojos: determinación absoluta.

Los chicos se acercan.

BEA:
—¿Estás… bien?

Enrique asiente. No lo está.
Pero está listo.

Pone el disco duro sobre la mesa de reuniones.

ENRIQUE:
—Vale.
Escuchad.
No vamos a huir.
No vamos a vendernos.
No vamos a dejar que un dragón dorado nos mastique vivos.

Respira.

ENRIQUE:
—Si vamos a caer…
(pausa)
Caeremos peleando.

Todos lo miran, sorprendidos.
No es el Enrique derrotado del San Patrick’s.
Es uno nuevo.
Uno peligroso.

JUAN (desde su mesa):
—¿Esto significa que puedo declarar la Operación Firewall 3000?

ENRIQUE:
—Juan…
(sonríe muy levemente)
Declara lo que quieras.

Se oyen teclados activarse. El equipo empieza a prepararse.

🎞️ Escena 9 — Epílogo (post-créditos): Shei Nou observa

Lugar: Shenzhen — rascacielos oscuro, ventanales gigantes, lluvia ligera.
Pantallas por todas partes.

Shei Nou aparece de espaldas.
Su silueta sigue siendo la de un hombre medio reconstruido, medio máquina.
El rostro iluminado solo por las pantallas que muestran:

— Mapa de Portugal
— Hostal Marítimo
— Ubicación GPS del móvil de Enrique
— CCTV cerca de Yotta, en Albacete

Shei sonríe, una sonrisa torcida, nueva, más mecánica.

SHEI NOU:
—El pez vuelve al anzuelo.

Pausa.

SHEI NOU:
—El dragón… despierta.

Pulsa un botón rojo.

En las pantallas, una palabra parpadea:

[FASE 1: ACTIVAR]

Fundido a negro.
Música ominosa.

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